12 noviembre, 2013

¿Me estás grabando?

En la pasada edición de La Voz, el concursante Ruimán terminaba su actuación cuando un excitado Jesús Vázquez venía a felicitarle por los aplausos recibidos. Antes de que Ruimán pudiera hablar, el presentador lo condujo hasta los miembros del jurado, mientras el concursante explicaba, sin que nadie le prestase atención, que quería dejar el programa. Es con la insistencia cuando finalmente, el artificial y milimetrado devenir del programa se detiene en las declaraciones de Ruimán y, como no podía ser de otro modo, se monta una polémica mucho antes de que se analice la petición del concursante. Los motivos de Ruimán eran diversos, pero se centraban sobre todo en la gestión de la imagen que el programa de Telecinco proyectaba de él: tanto la publicidad en medios web como cierta falta de consideración en el cuidado de su estilo frente al de sus compañeros. Siendo ciego, Ruimán tenía que tener un mayor cuidado tanto en la actuación en sí como en la estética, al tener que confiar plenamente en el programa para gran parte de su papel como concursante que, paradójicamente pero sin que sorprenda a nadie, no se ocupa exclusivamente del talento vocal.




Ruimán no es un caso aislado. Recientemente, el programa de la cadena rival, Top Chef, tenía que lidiar con las protestas de otro concursante, Eduardo Sánchez, que denunciaba como la manera en el que el programa le había mostrado durante el concurso provocaba que le insultaran y silbaran por la calle. En ese mismo programa, su compañero Borja Letamendía contemplaba a Paula Vázquez mostrando los tuits más agresivos en relación a unas polémicas declaraciones del cocinero, que consideraba que “la mujer en la cocina es peligrosa”. Inmediatamente, Borja salía a defenderse con la rotundidad de que esa frase había sido sacada fuera de contexto. Ambos estaban denunciando como el programa utilizaba su imagen y manipulaba mediante el montaje para presentarlos como villanos de un concurso que necesitaba, a la manera de su primo hermano Master Chef, una narrativa sobre la que sostenerse y de la que mejor habló Raúl Minchinela.

Yo no podía dejar de pensar en los vídeos porno amateur. O en las filtraciones de vídeos y fotografías de famosas desnudas. O en como ahora prolifera en infinidad de programas las máscaras de desenfoque, ya sea para tapar la cara de un menor, un cigarrillo en horario infantil o una marca que no patrocine el programa. Todo parece nacer de una multiplicidad de cámaras y pantallas. Más allá del aforismo warholiano, la fama ya no es una cuestión de quince minutos sino de cómo y en cuantas pantallas sales, véase la ubicuidad de Mario Vaquerizo que eclipsa a su propia esposa. Nuestra sociedad se ha volcado en el total registro de sí misma y en darle relevancia a la mayor trivialidad o intimidad del individuo, fruto de el abaratamiento de los costes de grabación y su comodidad mediante equipos más cómodos y de la enorme demanda de contenidos de una sociedad pegada a la pantalla. Y como ha venido siendo habitual en el último siglo, la tecnología se ha implantado más rápido de lo que nuestra sociedad ha sido capaz de comprender y asimilar. Ahora se habla con total naturalidad del problema del “analfabetismo digital”, de la incapacidad de una parte de la población de entender Internet como núcleo social y participar, o del mal uso de las redes sociales que obliga a educar a las futuras generaciones en lo que los “pioneros” tuvieron que aprender por las malas. 

A lo mejor conviene hablar de una falta de conciencia sobre lo que es una cámara, un registro audiovisual y las posibilidades que ofrece en montaje. En otras palabras: tanto Ruimán, como Borja y Eduardo se vieron sorprendidos por algo que no creían posible. Asumían una limpieza y honestidad en sus respectivos programas, confiando más en sus propias habilidades sociales que en como estas serían mostradas. Creían en un registro objetivo, propiciado por una tecnología que actuaba de árbitro imparcial, pero no esperaban convertirse en títeres de los intereses de las cadenas y de sus hojas de ruta. No estoy diciendo que estos concursantes tengan la razón, porque desconozco más contexto que el que se me ha mostrado a través de sus programas. Tampoco es cuestión de cruzarse de brazos y aceptar sin más que la televisión haga lo que le da la gana para crear polémicas, generar villanos o aupar a su antojo a otros concursantes por su cara bonita. El tema es otro: el tema es si, como cuando se alerta de enviar vídeos eróticos a través del móvil o internet, es necesario una mayor educación de la población en torno a las posibilidades que ofrece el registro audiovisual y su manipulación, o sobre la desprotección que, al firmar los mefistofélicos contratos con las cadenas, confunde su imagen real con la que el programa muestra. Algunos están encantados, como podemos ver en otros tantos realities, de aceptar su papel. Eso no es nuevo.



Estamos en la fase en la que el espectador ya juega a ser consciente del aspecto manipulador - sonidos cómicos incluidos - de estos programas, pero se acepta tácitamente. A mi ya me resulta difícil de entender las motivaciones por las que participar en un reality, quizás porque entiendo la falta de albedrío que suponen. Cabría preguntarse si no hay una ingenuidad social sobre la que habría que educar. Mientras tanto, asistimos a como el concurso Lo sabe, no lo sabe termina habitualmente con un corrillo de gente que sigue - sin nada mejor que hacer que observar, esperar colarse brevemente y al fondo en la televisión o incluso con ellos mismos ¡grabando la propia grabación con sus móviles! - a Juanra Bonet y su equipo como quién se reúne ante su chamán, llegando a extremos donde los miembros del programa tienen que, literalmente, escapar de la multitud o usar estratagemas para no ser reconocidos. Es la misma idea que se repite cuando, en cada evento deportivo, al enfocar a un miembro concreto de la audiencia, este saluda a la pantalla gigante del estadio en lugar de dirigir su mirada directamente a cámara, incapaz de comprender en ese momento la configuración del circuito televisado: y así, inconscientes, nos vemos siendo registrados de perfil y saludando tontamente al fuera de campo, en lugar de devolver una mirada de confianza a la cámara.

by Henrique Lage